En la frutería China de debajo de mi casa ponen como hilo musical esa balada característica de restaurantes baratos con menú de 6 euros y rollito de primavera congelado.
Esa balada tremenda que canta una dulce chinita acompañada con sonidos de campanillas, violines sínteticos y teclados imposibles.
Los chinos son los jefes del mundo y son también los jefes de los dependientes de casi todas las fruterías de mi barrio, que son rumanos o dominicanos.
Hay un rumano muy majo que echa ahí todas las horas ilegales del mundo, y se sabe las baladas chinescas canturreando despreocupado mientras coloca las chirimoyas.
Hoy ha molado muchísimo porque en un momento se ha venido arriba y se ha escondido en la cámara frigorífica pensando que nadie le veía. De repente en la parte épica de la balada, donde sube la gran explosión de purpurina, ha empezado a cantar a voz en cuello dándolo todo.Ha conseguido erizarme el vello de la nuca. Ese hombre enorme, de dos metros de alto, cantando en chino con fuerte acento rumano, danzando exaltado entre la fruta de temporada ha sido un regalo para mis sentidos.
Otra joya impagable que me brinda la globalización económica.